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Huelga general en Guinea Conakry PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Jérôme Métellus, PCF París   
Viernes 30 de Marzo de 2007 00:00
En el espacio de un mes y medio, del 10 de enero al 27 de febrero, hubo dos huelgas generales masivas en Guinea, que paralizaron completamente la economía del país durante 33 días. Esta magnífica lucha de los trabajadores y jóvenes guineanos causó pánico, no sólo en el séquito del dictador Lansana Conté, sino también en las filas del imperialismo francés. En el espacio de un mes y medio, del 10 de enero al 27 de febrero, hubo dos huelgas generales masivas en Guinea, que paralizaron completamente la economía del país durante 33 días. Esta magnífica lucha de los trabajadores y jóvenes guineanos causó pánico, no sólo en el séquito del dictador Lansana Conté, sino también en las filas del imperialismo francés.

La clase dominante francesa es una de las principales causantes de la horrorosa miseria que soporta la mayoría de la población de 9.4 millones de habitantes de Guinea. Durante décadas han expoliado al país, el mayor productor de bauxita del mundo, un mineral del que se extrae aluminio, y encubrieron los crímenes que su corrupta dictadura ha cometido contra el pueblo.

La crisis del capitalismo tiene consecuencias absolutamente dramáticas para los pueblos de África. El hambre es una constante amenaza, como una espada de Damocles suspendida de un hilo con las fluctuaciones de la economía mundial. Enfadada por un aumento de los precios, en particular de los precios de la gasolina y el arroz, la clase obrera, la juventud y los pobres lanzaron toda su energía en la lucha para defender sus condiciones de vida.

La huelga general de enero y febrero fue el punto álgido de una serie de movilizaciones que han sacudido el país desde noviembre de 2005. Entre entonces y junio de 2006, los trabajadores guineanos han lanzado no menos de tres huelgas generales, convocadas por las dos grandes organizaciones sindicales, la USTG (Unión Sindical de Trabajadores de Guinea) y la CNTG (Confederación Nacional de Trabajadores Guineanos). La represión contra las huelgas fue feroz: docenas fueron asesinados durante la tercera huelga en junio de 2006. El odio de las masas hacia Lansana Conté, que lleva en el poder 23 años, estaba en su punto más alto.

El 10 de enero, una refrescante huelga general indefinida comenzó, convocada por los sindicatos. La huelga fue secundada exitosamente. En las principales ciudades, bancos, institutos, compañías comerciales y oficinas estaban cerradas. La industria de la bauxita, la yugular del país, fue paralizada. Los trabajadores demandaron la dimisión de Lansana Conté y la baja de los precios.

Al principio, a pesar del poder y la intensidad del movimiento, se revelaron las cortas perspectivas de la dirección sindical cuando no demandaron la pura y simple partida de Lansana Conté, como la mayoría de los huelguistas ferozmente esperaban. En lugar de eso, aceptaron negociar con el dictador y la designación de un “primer ministro de consenso”, que se suponía iba a tomar el control del ejecutivo y “resolver la crisis”.

Sobre la promesa de esa designación la dirección de los sindicatos llamó al retorno al trabajo el 28 de enero. Los trabajadores regresaron. Sin embargo, mientras tanto, la policía, el ejército y los diversos “escuadrones de la muerte” que el Estado controla, cometían acciones de represión sangrienta, asesinando a más de 60 personas. El número de arrestos y los casos de tortura se multiplicaban. Como regalo a su moderación, los dirigentes sindicales fueron encarcelados unas horas. ¡Tras abandonar la prisión se fueron directamente a negociar con su carcelero, Lansana Conté! Tal es el grado de servilismo y corrupción en el aparato sindical guineano, mientras se estaban manifestando reservas inmensas de energía revolucionaria por abajo en las bases.

El 9 de febrero, las noticias explotaron como una bomba: Lansana Conté había nombrado a uno de sus más cercanos asesores, y uno de los hombres más odiados por la población, Eugène Camara, como “primer ministro de consenso”. Inmediatamente, la rebelión estalló entre las fuerzas que, el día antes, habían parado de trabajar creyendo en una promesa de “cambio”. La juventud se alzó. Los edificios oficiales fueron incendiados, la guardia presidencial atacada con piedras, y se erigieron barricadas en todo Conakry, la capital. La confusión entre la clase obrera era tal que la dirección sindical tuvo que convocar una refrescante huelga general para el 12 de febrero.

La rabia se esparció entre el ejército, y varios soldados fueron ganados para la huelga. Para prevenir una ruptura del ejército, Lansana Conté se apoyó cada vez más en milicias paramilitares, que comenzaron de nuevo a asesinar huelguistas y manifestantes. En total, las huelgas de enero-febrero costaron oficialmente las vidas de 120 personas.

Aislado, Lansana Conté no podía confiar en el ejército o en el Parlamento, que, el 23 de febrero, rechazó su petición para una extensión del estado de sitio impuesto en el momento de la reanudación de la huelga. Probablemente “aconsejado” por la mano pragmática y autoritaria de la diplomacia francesa, que quería una salida rápida y segura de la crisis, fue forzado a reemplazar su elección de primer ministro, Eugène Camara, por un tecnócrata impuesto: Lansana Kouyaté. La dirección sindical, “satisfecha”, llamó de nuevo al retorno al trabajo el 27 de febrero.

No se conoce mucho sobre este nuevo primer ministro “de consenso”. Es bastante escuchar las alabanzas de los medios franceses, con la mano sobre sus corazones, su “integridad” y su “profesionalidad”, para saber que nos enfrentamos con un servil lacayo del imperialismo francés. Además, fue formado en todas las “instituciones africanas” donde Francia tiene una fuerte influencia.

Mientras el imperialismo domine Guinea, como hace en la mayor parte de África, su pueblo nunca encontrará una salida de la miseria. En la presente época de declive del imperialismo, esto significa el derrocamiento del capitalismo y el establecimiento de una economía socialista. Los guineanos no pueden completar estas tareas sin la ayuda de los trabajadores del resto del continente. El destino de África depende, en gran medida, de las poderosas clases obreras de los países más industrializados del continente, especialmente Egipto, Argelia, Senegal y Nigeria.

La lucha heroica de los guineanos les servirá como ejemplo. Mostrará la salida hacia delante. De la misma manera que millones de personas viven indigentes ante la riqueza de crudos tesoros, también los pueblos de África mueren entre inagotables recursos humanos y materiales. Pero la oleada revolucionaria que se ha extendido desde América Latina terminará por barrer todo lo largo de África -y estos pueblos que la historia oficial ha olvidado- terminarán limpiando este continente de toda la opresión del capitalismo mundial.