El capitalismo es derrotado Imprimir
Escrito por El Militante   
Domingo 19 de Diciembre de 2004 00:00
La disolución del aparato represivo de Batista, es decir, del aparato burgués, no condujo automáticamente a un sistema de economía planificada ni a la proclamación, por parte de los dirigentes del Ejército Rebelde, de una Cuba socialista. No existíaun plan premeditado, consciente, de poner fin al capitalismo en la Isla. No obstante, la victoria insurgente desató unas presiones sociales (tanto por parte de la clase obrera y del campesinado como por parte de la burguesía y el imperialismo) que empujabpujaban constantemente a los dirigentes del Ejército Rebelde a tomar una decisión en un sentido u otro.

LA REVOLUCIÓN CUBANA: PASADO, PRESENTE Y FUTURO

La disolución del aparato represivo de Batista, es decir, del aparato burgués, no condujo automáticamente a un sistema de economía planificada ni a la proclamación, por parte de los dirigentes del Ejército Rebelde, de una Cuba socialista. No existía un plan premeditado, consciente, de poner fin al capitalismo en la Isla. No obstante, la victoria insurgente desató unas presiones sociales (tanto por parte de la clase obrera y del campesinado como por parte de la burguesía y el imperialismo) que empujaban constantemente a los dirigentes del Ejército Rebelde a tomar una decisión en un sentido u otro.

En sí misma, la victoria de la guerrilla incrementó aún más las simpatías con las que ya contaba antes de la caída del odiado Batista. Ahora, por fin, se podían hacer realidad las expectativas de mejoras sociales contenidas durante tanto tiempo.

La presión y las luchas por mejoras salariales se hicieron notar inmediatamente. “… En el interior de Cuba, 6.000 empleados de la Cuban Electric Company se declararon en huelga de brazos caídos para conseguir un aumento salarial del 20%, mientras 600 obreros que habían sido despedidos por la compañía entre 1957 y 1958 iniciaron una huelga de hambre en el palacio presidencial pidiendo que los readmitieran. También hicieron huelga los obreros ferroviarios que se habían quedado sin trabajo y los de una fábrica de papel cercana a La Habana, que había cerrado. Tres mil trabajadores de la construcción se fueron de la Bahía de Moa. Los empleados de los restaurantes amenazaron con ir a la huelga si no volvían a abrir los casinos. Veintiún molinos de azúcar sufrieron retrasos en la recolección por culpa de exigencias salariales. La revolución había despertado esperanzas: ¿cómo iba a satisfacerlas?” (Hugh Thomas, Cuba: la lucha por la libertad, Pág. 1.534). Ahí estaba el meollo de una cuestión que aún quedaba por resolver.

EL GOBIERNO DE URRUTIA

Cuando pacta la rendición de Santiago, Fidel toma juramento al magistrado Manuel Urrutia, que se convertiría en el primer presidente después de la revolución. Como describe Paco Ignacio Taibo II en su libro El Che, era “un gobierno en el que domina la oposición burguesa, con incrustaciones del movimiento 26 de Julio y del que están ausentes las dos fuerzas aliadas al 26 de Julio: el PSP y el Directorio”. H. Thomas, en la obra citada, comenta: “Las medidas de Urrutia, sin embargo, se limitaron a proponer la liquidación del juego y de los burdeles”. En realidad el gobierno de Urrutia estaba suspendido en el aire. El poder real estaba en manos de la guerrilla ya que el Estado burgués se había desintegrado completamente. Fue un gobierno efímero, que sucumbió rápidamente a las tensiones de clase que desató el proceso revolucionario.

No es hasta el mes de marzo cuando se toman las primeras medidas concretas para paliar la mala situación del pueblo. Se redujeron drásticamente los alquileres; “los propietarios de solares vacíos habrían de vender al recién creado Instituto de Ahorro Nacional y de la Vivienda (INAV) o a cualquiera que quisiera comprar y construir una casa” (H. Thomas, op. cit.); redujo las tarifas telefónicas por medio de una intervención -aún no nacionalización- de la compañía telefónica; se pusieron limitaciones para la importación de 200 productos de lujo; se trató de limitar la evasión de impuestos; se declaró la confiscación de todas las propiedades de Batista y de todos sus ministros a partir de 1952 así como de todos los oficiales de las fuerzas armadas que habían participado en la guerra civil.

Sin embargo, todas estas medidas, aunque tenían un carácter progresista, no se concebían como parte de un plan más a mediano plazo para derrocar al capitalismo(1). Más bien tenían un gran parecido con medidas que en su momento tomaron gobiernos nacionalistas tipo Perón en Argentina o Nasser en Egipto.

A pesar de todo, las tensiones sociales iban en aumento y eso tenía su reflejo en el gobierno y en las relaciones de EEUU con Cuba. El imperialismo norteamericano, por entonces, igual que antes de la caída de Batista, estaba dividido. Aunque finalmente predominó la hostilidad hacia la revolución cubana, factor muy importante en su radicalización hacia la izquierda, el embajador de EEUU en Cuba por entonces, Bonsal, tenía la firme convicción de que Fidel no era comunista, y se enfrentó duramente a los diplomáticos y militares que pedían “acción”.

Cuando Castro viaja a EEUU, en abril de 1959, causó una excelente impresión a los medios y a un sector de la propia burguesía. Sin embargo en el gobierno de Einsenhower y Nixon, estaban completamente obsesionados por la supuesta presencia de comunistas en el gobierno, hecho absolutamente falso. El mismo Castro no tuvo inconveniente en decir públicamente que él no era comunista. En sus planes en aquel momento estaba la petición de créditos al Banco Mundial o al Import-Export Bank.

POLARIZACIÓN CRECIENTE

Al margen de los planes diseñados por arriba la dinámica por abajo era de enfrentamientos cada vez mayores. La reducción de alquileres y la obligación de vender los solares vacíos, distaban mucho de ser medidas comunistas, pero a los especuladores perjudicados con ellas, completamente histéricos, nada podía quitarles la idea de que los pasos dados por el gobierno eran producto de oscuras maniobras de marxistas, visibles o invisibles.

A pesar de todas las limitaciones de las medidas que se habían tomado, entre las subas de sueldo que se habían conseguido a partir de enero y las medidas relacionadas con los alquileres tomadas en marzo, la renta nacional había sido seria y visiblemente modificada. Según Hugh Thomas “los salarios reales habían aumentado quizás en más de un 15% y en consecuencia habían disminuido los ingresos de los rentistas y de los empresarios” (H. Thomas, Cuba: lucha por la libertad, pág. 1546).

El 17 de mayo de 1959 se promulga la Ley de Reforma Agraria. En realidad era una reforma tímida, menos radical que muchas reformas llevadas a cabo en su momento en los países capitalistas desarrollados y que la propia reforma agraria en EEUU. Sin embargo, sirvió como elemento de agitación contra el “comunismo” por parte de la reacción interna y del imperialismo, que cada vez gritaba más alto. Como señala Hugh Thomas, si algunos comentaristas norteamericanos hubiesen observado más de cerca lo que estaba pasando en Cuba en ese momento, verían que las tensiones entre Fidel y el PSP estaban atravesando por una fase muy crítica. En sus declaraciones públicas, Fidel siempre intentaba distanciarse de la etiqueta de comunista que los estadounidenses le intentaban colgar. Por parte de la dirección del PSP nada estaba más lejos de sus intenciones que empujar al proceso revolucionario hacia la izquierda, aunque ya a aquella altura apoyasen a Fidel. El 21 de mayo, en una entrevista televisada, Fidel explicó que su objetivo era una revolución distinta a la del capitalismo y del comunismo, que sería tan autóctona como la música cubana y al ser humanista, no sería ni de derecha ni de izquierda, sino “un paso adelante”. El 22 de mayo volvió a hacer una comparecencia televisiva en la que afirmó que en la Revolución Cubana, no había lugar para extremistas (H. Thomas, op. cit., págs. 1.562-3). Todas los intentos por no “provocar” a los imperialistas fueron en vano. Hiciera lo que hiciera Fidel, la administración norteamericana tomó la decisión de sabotear y aplastar la revolución, algo similar a los que estamos viendo ahora en la revolución venezolana.

Fidel, que contaba con un amplísimo apoyo popular, trataba de que la situación social y política no se polarizase, pero eso era inevitable. Las fuerzas latentes de la contrarrevolución, que partían de una situación de extrema debilidad, empezaron a reagruparse. La Asociación Nacional de Ganaderos de Cuba declaró firmemente que el límite máximo de 3.333 acres para la propiedad privada no permitía que los negocios fueran rentables. Los terratenientes empezaron a comprar espacios en las emisoras de radio privadas para atacar la ley, y organizaban reuniones; se supo que la Asociación había decidido destinar medio millón de dólares para sobornar a los periódicos para que criticaran la Reforma Agraria.

La campaña contra la Reforma Agraria, promovida también por el imperialismo, fue uno de los catalizadores que animaron a los sectores burgueses del gobierno a abandonar el mismo. En la práctica los burgueses liberales del gobierno no tenían fuerza para intervenir de forma decisiva en el proceso. Debían su autoridad política a su relación con Fidel, que era su vínculo con la revolución y con el movimiento guerrillero que la propició. Autónomamente no podían hacer nada.

Las tensiones políticas acabaron en un enfrentamiento público de Fidel con Urrutia, el presidente de la república, que dimitió el 17 de julio del 1959. Esa crisis no puso en peligro el proceso revolucionario, pero era muy sintomática de las contradicciones de clase que iba a sufrir un proyecto que “no era ni de izquierda ni de derecha”. En realidad Fidel y los dirigentes guerrilleros basaban su fuerza en un enorme respaldo popular, en el ejército revolucionario y en el Instituto de la Reforma Agraria.

En septiembre el gobierno creó impuestos sobre las importaciones y artículos de lujo e introdujo restricciones en la política de cambio de divisas. Seguían siendo medidas circunscritas al capitalismo, “correcciones” destinadas a paliar los problemas típicos de un país con una economía muy vulnerable. No se había producido aún ningún cambio cualitativo en las relaciones sociales de producción capitalistas.

Por aquella época la visita de Kruschev a EEUU había renovado los aires de moderación que nunca le faltó a la dirección del PSP. Fiel a la política estalinista de “coexistencia pacífica” que practicaba la URSS, Blas Roca, el secretario general del PSP, predicaba la moderación y señalaba los peligros del “izquierdismo” teniendo en cuenta la dependencia que tenía Cuba de la situación internacional y de las importaciones (H. Thomas, op. cit., pág. 1591). Como en la Revolución Portuguesa de 1974, 15 años después, los dirigentes “comunistas” no hacían más que ir la zaga de los militares izquierdistas que, efectivamente giraron a la izquierda, pero a pesar y no gracias a los dirigentes del partido.

Mientras tanto se sucedían las provocaciones de la reacción en Miami, enviando aviones a sobrevolar Cuba, y seguían las tensiones internas, como la dimisión del gobernador militar de Camagüey en octubre, en protesta por las “infiltraciones comunistas”. Debido al ambiente de total crispación, aunque Castro seguía defendiendo que él no era comunista, cualquier otro que hiciese una declaración anticomunista se estaba alineando, en la práctica, con el imperialismo y con la oposición burguesa, y el horno no estaba para bollos. El margen para una política que tratara de reconciliar los intereses de clase cada vez más enfrentados era más y más estrecho.

Los miembros liberales en el gobierno eran cada vez menos. El Che, tras la salida de la burguesía liberal del gobierno, asumió la presidencia del Banco Nacional, además de la responsabilidad de la sección de Desarrollo Industrial del INRA. El que un dirigente tan identificado con la izquierda, que abiertamente se proclamaba marxista, asumiese esa responsabilidad, causó “pánico financiero”.

A finales del año 1959, el embajador Bonsal, otrora firme defensor del entendimiento con la Revolución Cubana, llegó a la conclusión de que “no podíamos esperar ningún tipo de entendimiento con Castro”. En realidad, la hostilidad creciente del imperialismo empujó aún más a la revolución hacia la izquierda. En Guatemala, aunque la base de apoyo de la reacción era débil como en Cuba, el golpe contra Arbenz triunfó y ese hecho representó un serio antecedente de advertencia a los dirigentes guerrilleros.

LAS NACIONALIZACIONES, CLAVES PARA EL AVANCE DE LA REVOLUCIÓN

A finales de 1959, “para las masas cubanas, Castro todavía representaba no sólo una esperanza, sino un logro. Las cooperativas agrícolas eran novedades emocionantes. Se estaba distribuyendo algo de tierra. La reducción de los alquileres y de las tarifas de teléfono y electricidad había aumentado el poder adquisitivo, y de momento, la inflación subsiguiente no había afectado a los salarios. Los aranceles contra las importaciones de EEUU y las dificultades para viajar habían afectado a los ricos, no a los pobres. El paro rural no había cambiado mucho, pero evidentemente la educación y los servicios médicos gratuitos estaban ahora al alcance de todos, reduciendo los gastos básicos para los que menos podían afrontarlos” (H. Thomas, op. cit., pág. 1610).

El 8 de enero de 1960, el INRA se apoderó de otras 29.000 hectáreas de propiedades norteamericanas, lo que suscitó nuevas protestas de Bonsal, el embajador de EEUU en La Habana. Sin embargo el gobierno no se inmutó y procedió, como era habitual, a compensar a los propietarios con bonos a cobrar en 20 años, recibiendo el 3,5% de interés (H. Thomas, op. cit., pág. 1612).

A pesar de todo, la política de EEUU seguía envuelta en un mar de contradicciones. Un sector de la administración republicana de Eisenhower temía que una actitud excesivamente agresiva hacia Cuba produjera una ruptura de ese país tradicionalmente aliado a EEUU. No querían llegar a las elecciones, en noviembre de 1960, apareciendo como responsables de otro caso parecido al que se produjo en Egipto en 1956, año en el que Nasser nacionalizó el Canal de Suez. Pero por otro lado, el vicepresidente Nixon y la CIA tenían una actitud mucho más compulsiva, veían comunismo por todas partes, y ya a finales de 1959 estaba en marcha un plan militar para derrocar a Fidel Castro. La experiencia del derrocamiento de Arbenz en Guatemala no sólo estaba presente en la mente de los dirigentes de la Revolución Cubana, también era la “solución fácil” que estaba en la mente de la CIA, aunque resultó ser una acción desastrosa para EEUU como luego veremos.

Realmente, por más “influencia comunista” que un sector, a la postre determinante, del imperialismo americano veía en la situación cubana, lo cierto es que la actitud de la URSS no fue la de alimentar en la Isla la ruptura con el capitalismo. Eso parece evidente incluso para historiadores como Hugh Thomas que no veía que el gobierno soviético “estuviera entusiasmado con la idea de que los partidos comunistas se hicieran con el poder en el nuevo mundo”. “Evidentemente si ocurría esto, los Estados Unidos se sentirían molestos, lo cual, probablemente sería un obstáculo para la consecución de una convivencia con la Unión Soviética, y eso entonces parecía un objetivo político importante. Stalin tuvo un problema parecido con España en 1936-1939: si en España se hubiera implantado un nuevo Estado comunista, el acercamiento a Inglaterra y Francia, que por entonces era el principal objetivo de su diplomacia, se habría hecho más difícil”. Efectivamente, la Revolución Española fue deliberadamente traicionada por los intereses de la burocracia rusa representada por Stalin, y en el caso cubano, la burocracia del Kremlin no jugó ningún papel de alentar el movimiento revolucionario. Sus aspiraciones estaban representadas por la política confusa y oportunista de la dirección del PSP, de la que hemos hablado extensamente.

Para los dirigentes de la URSS, el internacionalismo terminaba allí donde empezaban lo que ellos consideraban sus “intereses” estratégicos, es decir, la política de “coexistencia pacífica” diseñada tras los acuerdos de Yalta (1945) y la división del mundo en esferas de influencia(2).

Los acuerdos comerciales a los que llegó Cuba con la URSS a principios de 1960 no tenían un sentido político sustancialmente distinto a las íntimas relaciones comerciales que la URSS había establecido con Egipto, sin que ello significara que los estalinistas estuviesen defendiendo una revolución socialista en el país árabe. Como también recuerda Hugh Thomas, Cuba había vendido azúcar a la URSS en el pasado -más de un millón de toneladas entre 1955 y 1958-, es decir, en plena dictadura de Batista.

Dicho todo lo anterior, es obvio que existía una tensión muy fuerte entre EEUU y la URSS, en la medida que representaban sistemas socioeconómicos contrapuestos, irreconciliables. Pero el eje central de la política exterior soviética era mantener el status quo y, en todo caso, mantener la tensión mediante “golpes de efecto” que no pusiesen en peligro lo fundamental: la tranquilidad y la estabilidad de la burocracia.

Esa es la opinión del historiador Hugh Thomas: “… un acuerdo comercial con la URSS, e incluso un acuerdo militar, no significaba necesariamente la aceptación de una ideología marxista o marxista-leninista, con todas las consecuencias internas y externas que esto implicaba. La URSS tal vez hubiera preferido un Castro neutral que un Castro comprometido. Si finalmente se comprometió, es algo que, en todo caso, no se puede atribuir únicamente a la URSS -quizá no se le pueda atribuir en absoluto- y quizás principalmente a Castro, más que a los comunistas cubanos” (H. Thomas, op. cit., pág. 1621).

Más adelante: “La Revolución Cubana no había sido planeada por la URSS. La rapidez de los acontecimientos había tomado al gobierno soviético por sorpresa. Quizá, como parecía indicar la carta de Kruschev, transmitida por medio de Alexayev, la URSS hubiera preferido una Cuba neutral a una Cuba aliada” (pág. 1.684). Por supuesto que la orientación que finalmente tomó la Revolución Cubana fue un factor de prestigio para la burocracia rusa, que se “apuntó un poroto” en pleno conflicto con la burocracia china, pero fue un proceso que apoyó como un hecho consumado.

Tanto es así que cuando el gobierno cubano ya se había lanzado a una política de nacionalizaciones, a mediados de 1960, Blas Roca, el secretario general del PSP, sostuvo que “la empresa privada que no es imperialista… todavía es necesaria” (Informe de Blas Roca, VIII Congreso Nacional del PSP, citado por H. Thomas en Cuba: la lucha por la libertad, pág. 1.653). Aníbal Escalante, quizás escenificando uno de los ejemplos prácticos más esperpénticos de la teoría estalinista de las dos etapas, insistió en el VIII Congreso del PSP, celebrado en el verano boreal de 1960 que la revolución tenía que tratar de mantener a la burguesía “dentro del campo revolucionario” (Ibíd., pág. 1.653). Obviamente, la realidad no se detuvo ante esas extrañas teorías, pero es importante remarcar que el paso cualitativo que diera la Revolución Cubana en 1960 no vino impulsado, en absoluto, por el papel que el estalinismo estaba jugando a través de la política exterior de la URSS o de la política del PSP en Cuba.

Cuando terminó la zafra de azúcar de 1960, el INRA se apoderó de casi todo el terreno azucarero perteneciente a los molinos, en estos terrenos se crearon un millar de cooperativas. En este embargo estaban incluidas las 111.000 hectáreas pertenecientes a la Cuban Atlantic, Cuban American y demás grandes compañías norteamericanas, y como era habitual fueron compensadas con bonos pagaderos en 20 años. No se tocaron los molinos propiamente dichos, que podrían comprar la caña a las cooperativas en la recolección de 1961.

El 23 de mayo el gobierno avisa a las refinerías de petróleo de Cuba (Texaco, Royal Duch y Standard Oil) que les pediría que refinasen el petróleo ruso que llegaría como consecuencia del acuerdo comercial alcanzado en febrero. A mediados de junio, las compañías responden que no refinarían el petróleo soviético. El 28 de junio se aprueba el proyecto de ley que daba carta blanca a que Eisenhower redujera o suprimiera la cuota de azúcar cubano que importaba EEUU todos los años, y que absorbía la mitad aproximadamente de las exportaciones cubanas. El 6 de julio se hace efectiva la suspensión de compra de la parte del cupo que quedaba aún por cubrir. En respuesta el 9 de julio más de 600 compañías norteamericanas recibieron órdenes del gobierno cubano de presentar declaraciones juradas de las materias primas, reservas, archivos, etc, con que contaban, anticipando lo que sería una nacionalización completa de la propiedad norteamericana en la Isla.

Paralelamente la URRS anunció que se hacía cargo de la cuota azucarera no aceptada por EEUU. La rapidez con que la URSS asumió contratos con Cuba se dio en el contexto de la ruptura chino-soviética (en 1960 la URSS retira las ayudas a China, después de varios años de enfrentamientos), que abre una clara competencia por el prestigio internacional en los diferentes movimientos de la izquierda y de liberación nacional.

Entretanto EEUU aparta de Cuba a todos los diplomáticos y puestos de relevancia que habían apostado por la suavización de las tensiones con Cuba. EEUU está en plena campaña electoral y la cuestión cubana se convierte en uno de los puntos centrales. Kennedy, el candidato demócrata, defiende posturas aún más duras que Eisenhower (el presidente saliente) contra Cuba. Hay una especie de competencia entre demócratas y republicanos para ver quién es más contundente en la defensa de una política de “extirpación comunista”. Kennedy acusa a Eisenhower de haber creado “la primera base del comunismo en el Caribe”. Eisenhower, el 13 de octubre, reacciona con la suspensión de todas las relaciones económicas con Cuba. Kennedy califica estas medidas de tardías e insuficientes, abogando por una intervención militar.

En Cuba la respuesta fue rápida. Durante el fin de semana del 14 al 15 de octubre el INRA se apodera de 382 empresas privadas de Cuba, incluidos todos los bancos, todos los molinos de azúcar que quedaban, 18 destilerías. El día 25 del mismo mes, otra oleada de nacionalizaciones afecta a 166 empresas norteamericanas, incluyendo Westinghouse, Coca-Cola, etc.

LA INVASIÓN DE BAHÍA COCHINOS

Con la elección de Kennedy en noviembre de 1960, y la culminación de las nacionalizaciones, la invasión de EEUU era inminente. Esa perspectiva provocaría una movilización general de la población cubana.

La CIA, subestimando claramente las grandes reservas de apoyo que tenía la revolución, confiaba en que una invasión animaría a una movilización interna que derrocaría a Fidel. Según su cálculo, la contrarrevolución contaba con 2.500 militantes activos en el ejército, 20.000 partidarios en las ciudades y, tras ellos, una cuarta parte de la población cubana.

A pesar de todo, había voces en EEUU en contra de la invasión, por los peligros que entrañaba una implicación directa (se sabe cuando se empieza pero no cuándo acaba) y los efectos políticos que eso podía tener tanto en Cuba como en el resto de América Latina. Como dijo un senador “el régimen de Castro es una espina clavada en la carne…, no un puñal en el corazón”. Otros se lamentaban de la impaciencia que se estaba teniendo con Cuba, que había que esperar… Pero las ideas que predominaron fueron las de “ahora o nunca” y las que pronosticaban una derrota tan rápida como la de Arbenz en Guatemala.

La invasión empezó en las primeras horas de la mañana del 15 de abril de 1961 con el vuelo de bombarderos americanos pintados con la bandera cubana para que pareciese una cosa interna. Pero pronto se demostró que los aviones eran realmente norteamericanos y Kennedy, por el temor a las implicaciones que eso podía tener, suspendió el apoyo aéreo a la invasión. Según los peritos del gobierno cubano, las 1.500 personas que componían la brigada entrenada para la invasión, habían tenido en Cuba antes de la revolución 400.000 hectáreas de tierra, 10.000 casas, 70 fábricas, cinco minas, dos bancos y diez molinos de azúcar. Políticamente el espectro iba desde la ultraderecha más recalcitrante a sectores resentidos del Movimiento 26 de Julio que habían combatido con Castro, pero que no estaban de acuerdo con el rumbo izquierdista que había tomado la revolución.

El Ejército Rebelde era un instrumento insuficiente para soportar las presiones a las que estaba siendo sometida la Revolución Cubana. En medio de un creciente clima de hostilidad por parte de EEUU Fidel tuvo que basarse en la creación de milicias, que llegarían a integrar a 200.000 cubanos, hombres y mujeres que “después de su trabajo diario, se ponían el uniforme y tomaban los fusiles durante unas ocho horas semanales, y vigilaban los edificios públicos y otras instalaciones de importancia para que no los atacasen los contrarrevolucionarios” (H. Thomas, op. cit., pág. 1688).

La invasión fue un fracaso completo y acabó por cimentar el poder y el apoyo popular de los dirigentes guerrilleros y poner la lápida definitiva al capitalismo en la Isla. Sintiendo que las conquistas de la revolución estaban en peligro por la invasión imperialista, se produjo una auténtica movilización popular para frenarla. Hubo una dura competencia entre las distintas milicias revolucionarias para ganarse el honor de ser los primeros en aplastar a la reacción. El pueblo, los 200.000 milicianos armados, comprendían muy bien que la victoria de los invasores significaría el fin: la vuelta de la servidumbre al terrateniente, al hambre, a una vida prácticamente animal, al asesinato y a las torturas de los esbirros de los poderosos. La catástrofe que sufrió el imperialismo fue completa: en dos días, de 1.400 participantes en la frustrada invasión, 1.200 fueron hechos prisioneros. Es en este contexto cuando, el 16 de abril, durante el entierro de las primeras víctimas de milicianos, Castro habla por primera vez de la “revolución socialista’’. El Primero de Mayo de 1961 el carácter socialista de la Revolución Cubana es anunciado de forma masiva.

LA RUPTURA CON EL CAPITALISMO SE HACE DEFINITIVA

La cuestión política más importante a destacar en esa situación fue que la revolución tenía que avanzar para sobrevivir. Como señaló el Che en un discurso pronunciado en Argel a finales de 1963: “Los grandes terratenientes, muchos de ellos norteamericanos, sabotearon inmediatamente la ley de Reforma Agraria. Por lo tanto nos enfrentábamos a una elección que se presenta más de una vez en una situación revolucionaria: una situación en la que una vez embarcado, es difícil volver atrás. Pero todavía habría sido más peligroso retroceder porque eso habría supuesto la muerte de la Revolución… el rumbo más justo y más peligroso era el de seguir adelante… y lo que nosotros habíamos supuesto que sería una reforma agraria de tipo burgués se transformó en una lucha violenta…” (H. Thomas, op. cit., pág. 1571, citando Révolution, París, octubre de 1963).

El Che condensa en esa frase lecciones preciosas para entender el carácter de la Revolución Cubana y qué tuvo que hacer para sobrevivir. En realidad los dirigentes guerrilleros aspiraban a una revolución burguesa que les permitiese llevar a cabo medidas democráticas y de reforma agraria. Pero para los terratenientes y para el imperialismo, incluso las medidas más modestas de la revolución eran demasiado y lo eran tanto por lo que significaban en sí mismas, en la medida en que afectaban al poder y los privilegios de los imperialistas y sus aliados en la Isla, como por el efecto que tenían en las masas, al acentuar aún más su estado de efervescencia y radicalización.

El proceso revolucionario cubano también encierra otra lección clave para cualquier revolución hoy en América Latina: todas las aspiraciones a la soberanía nacional y a la independencia frente al imperialismo, sólo pueden ser satisfechas con una política resueltamente socialista que plantee el derrocamiento del capitalismo como primera tarea. No hay posibilidad de soberanía bajo el marco del capitalismo y del dominio aplastante del mercado mundial y los grandes monopolios imperialistas. Trazar una vía nacionalista de liberación respetando los limites del capitalismo ha sido, durante décadas, una fuente de fracasos estrepitosos para los movimientos revolucionarios en Latinoamérica. El ejemplo de Cuba es significativo: sólo se pudo hablar seriamente de soberanía nacional cuando la revolución expropió a la burguesía local, a la propiedad imperialista, a los terratenientes, y rompió definitivamente con el capitalismo. El inicio fue este, ni más ni menos. Garantizar las conquistas de la revolución y su extensión exige también, y esto es fundamental, del triunfo de la revolución socialista en Latinoamérica y en los países capitalistas avanzados. Ese es uno de los aspectos clave que abordaremos en los siguientes capítulos.

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(1). A menos de un año de tomar el poder Fidel declaró a la Asociación Nacional de Banqueros que deseaba su colaboración y añadió al corresponsal de US News and World Report que no tenía la intención de nacionalizar ninguna industria (Hugh Thomas, Cuba: la lucha por la libertad, págs. 1.542-1.543).

(2). Hay que señalar que la actitud de la burocracia estalinista de la URSS con la Revolución Cubana en sus primeros pasos, fue igual que la que mantuvo con otros movimientos de liberación nacional que se dieron en los países ex coloniales: la de intentar abortar cualquier política que pudiese significar una ruptura de ese “estatus quo”.
Eso fue lo que pasó en la India, cuando el movimiento de liberación nacional contra el imperialismo inglés en el que el Partido Comunista Indio jugaba un papel determinante, fue entregado a la burguesía nacional, “la burguesía democrática” en la jerga estalinista de la época. En ese momento la “revolución por etapas”, el modelo estalinista que no era más que una reedición de las viejas ideas reformistas del menchevismo, significaba la subordinación de los partidos comunistas a la llamada “burguesía nacional”, con la que era necesario conformar un bloque político para consolidar la “independencia nacional”. De esta manera se abandonaba la lucha por el socialismo y en su lugar quedaba el frente único con la burguesía autóctona que en todos los casos no dudó en actuar consecuentemente en defensa de sus intereses de clase. Esta política antileninista tuvo consecuencias desastrosas allí donde se aplicó. En el caso de la India, la burguesía hindú, que encabezaba el Partido del Congreso y a la que el Partido Comunista Indio se ató de pies y manos, no dudó en apoyar la partición del país (entre India y Pakistán) alentada por el imperialismo británico y que dio lugar a matanzas y pogromos terribles entre la población más indefensa. La burguesía india demostró que era la enemiga jurada de los trabajadores y los oprimidos del país y de nada sirvió la política de pactos y acuerdos que impulso el PCI con ella.
Un caso similar ocurrió con Nasser en Egipto cuando este planteó reformas y una política de nacionalizaciones que amenazaba el poder de los imperialistas británicos y franceses en la zona. La burocracia moscovita nunca animó a Nasser a romper con el capitalismo, lo que hubiera tenido efectos revolucionarios en todo el mundo árabe. Es más, obstaculizó y frenó en lo que pudo la política nasserista en la medida que la consideraba contraria a la línea de “coexistencia pacifica”.
La lista es larga, pero un ejemplo paradigmático de la auténtica actitud de los dirigentes del PCUS con los movimientos revolucionarios de los países ex coloniales, lo constituyen los enfrentamientos del Che con la burocracia soviética. Están ampliamente documentadas las críticas que el Che realizó a la política exterior de la URSS, a la que acusaba de conservadora y en muchos casos de escasamente revolucionaria. Era comprensible que la perspectiva internacionalista del Che jamás se reconciliase con los representantes del “socialismo en un solo país”. Su actitud consecuente a favor del triunfo de la revolución internacional, lo llevó a participar en otros movimientos guerrilleros fuera de Cuba, como en el caso del Congo de donde salió extraordinariamente frustrado por la actitud diletante y corrupta de algunos lideres guerrilleros del país. A pesar de todo su opción de impulsar el foquismo guerrillero como desencadenante de la revolución -una teoría alejada del marxismo y que fracasó en la práctica pero que contestaba a las tendencias conservadoras de la burocracia soviética- lo empujó a intentarlo de nuevo en Bolivia. En este país de grandes tradiciones revolucionarias del proletariado y que contaba con poderosas organizaciones obreras como la COB, la guerrilla no se consolidó. Sin embargo es muy elocuente el boicot de la dirección del Partido Comunista de Bolivia hacia el Che y su grupo guerrillero, boicot que se dio en todos los terrenos y que estaba alimentado por los intereses del Kremlin de acabar con las “aventuras revolucionarias del Che”.

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